El vacío que deja el Chucho Benítez

Todavía no termino de entender lo que sucedió con Christian Benítez. Escucho los relatos de sus goles, miro sus fotografías y se me hace nudo la garganta. Pienso en el momento en el que sabía que se iba a morir y le pidió a su esposa Liseth Chalá que cuide a sus hijos y se me humedecen los ojos.

Conocí de cerca al Chucho Benítez en la Copa América de Argentina en el 2011 y se notaba en todo momento lo cariñoso que era con sus compañeros y con su familia. A pesar de las críticas que todos hicimos en ese momento, Christian fue el único que se atrevió a meter a su hijo Fabiano Robinho en la concentración y su esposa fue parte de la delegación oficial en todo ese periplo por Buenos Aires, Santa Fe, Salta y Córdoba.

COPA AMERICAEsta foto la tomó mi amigo Diego Pallero en la cobertura en la Copa América.

Fabiano Robinho Benítez, de 11 años, no es hijo de Liseth sino de Ana Mishell Acosta, con quien el Chucho tuvo una relación antes de casarse con la hija de Cléber Chalá. Este pequeño que en ese entonces tenía 9 años fue la mascota de la Tricolor en esa Copa América. En medio de toda la crisis que Ecuador vivió en ese torneo, con la lesión de Antonio Valencia y la eliminación en la primera etapa, Fabiano Robinho siempre le levantaba el ánimo al Chucho.

Recuerdo el día en que la Selección tomó el vuelo de regreso a nuestro país (14 de julio del 2011), después de perder la noche anterior ante Brasil (4-2) en el estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba. Todos los jugadores salían cabizbajos del hotel Amerian, menos el Chucho Benítez, quien caminaba de la mano de su inocente hijo que portaba una mochila de Mickey Mouse.

¿Quién le va a explicar a Fabiano Robinho que su papá no lo va poder llevar a más concentraciones?, ¿quién le va a explicar a los gemelos Cristiano y Emmily que su papá ya no estará con ellos?, ¿quién le hará entender a Liseth Chalá que deberá criar a sus hijos sola?, ¿quién podrá consolar a Antonio Valencia y explicarle que su amigo con el que se prestaba las Venus de lona ya no estará con él? Todas estas preguntas me parten el alma.

Que Dios cuide al Chucho Benítez donde quiera que se encuentre y que le de a sus familiares y amigos toda la fuerza necesaria para seguir viviendo sin él. Como dijo mi amigo Jorge Cruz en su cuenta de Twitter, el fútbol es ahora lo menos importante, así que de eso ni siquiera vale la pena hablar.

Paz en su tumba

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Esa emoción de ir al estadio

Hace un poco más de cinco años que dejé de ir al estadio como hincha. Después del Mundial de Alemania ingresé de lleno al mundo periodístico y asistir al estadio a ver a la Selección ahora se vive de manera distinta.

Sin embargo, tuve la suerte de vivir las dos Eliminatorias más emocionantes: La de Corea y Japón 2002 y la de Alemania 2006. En las dos tengo grandes recuerdos de esos largos días en las gradas del Olímpico Atahualpa.

Del camino al Mundial del 2002 me quedan como principal recuerdo dos partidos. El primero cuando Ecuador se enfrentó a Argentina en el Atahualpa y los gauchos nos ganaron con dos goles de Geovanny Ibarra, perdón de Juan Sebastián Verón. Ese día llegamos desde Tulcán con mi papá y antes de entrar al estadio pasamos por Marathon Sports comprando una camiseta de Boca Juniors que me encantaba.

Y el otro recuerdo ocurrió el 7 de noviembre del 2001. Ese día también vinimos de Tulcán con mi papá. Él me premiaba con ese regalo por haber pasado los supletorios de quinto curso. Ese 7/11/2001 yo cumplía 17 años y con mi padre celebrábamos el tradicional San Ernesto.

El gol del Flaco Kaviedes hizo que mi papá y yo explotáramos en un solo abrazo. Aunque él no sabía, yo ya me tomaba mis cervezas, pero como a él no le gusta, esa clasificación la festejamos con Coca Cola y luego fuimos a comer al CCI. Al otro día había que regresar a Tulcán y debíamos descansar.

Del Mundial de Alemania me quedan los recuerdos con mis amigos de la Universidad. Fuimos a varios partidos. Yo ya vivía en Quito e ir al estadio a ver a la Selección era una obligación.

Esas largas tardes con cerveza, baraja, lluvia, risas… son inolvidables, porque para el Mundial de Alemania nos iba casi siempre bien. Recuerdo el partido ante Chile, donde cayó tremenda granizada, pero después el gol de Kaviedes terminó por emocionar a todos.

Hoy la vida es distinta. Al estadio ya no voy desde las 10 de la mañana a tratar de ganar un buen puesto en la general. Hoy voy a almorzar con mi esposa y después puedo entrar tranquilamente al palco o a la cabina de Radio Quito a comentar un poco.

Hoy transmito pasión. Hoy trato de escribir para el periódico como si estuviera en las gradas compartiendo con la gente, trato de transmitir emoción, el fútbol en su esencia. Si hago algún comentario en la radio, lo vivo como si fuera un hincha más.

Pero la pasión que tenía de muchacho y que tengo ahora es la misma o quizás más grande. Siento la misma emoción, las mismas ansias, las mismas ganas de querer estar en el estadio desde temprano, las mismas ganas de que Ecuador les pase por encima a los peruanos.

Si sienten esa misma pasión, no dejen de ir al estadio. Esas largas jornadas en el Atahualpa nunca se olvidan. Debe ser el espacio donde uno se siente más libre que nunca. Y sobre todo, a los jugadores les hace muy bien ver el estadio a reventar. ¡Nos vemos, me voy a almorzar y luego al Atahualpa!