A Bahía de Caráquez todavía no llega ni la luz ni el agua. Nadie se atreve a regresar a sus casas por el temor a otra réplica o a que se caigan las edificaciones que quedaron de pie.
Sus habitantes están incomunicados. No saben lo que pasa en el país. Ni se han enterado que todo el Ecuador se ha volcado a los supermercados para tratar de comprar algo y dar una mano. Ellos solo hacen fila en los camiones que llegan con donaciones o con algo para el almuerzo.
Bahía dejó de ser una playa tranquila para ser un pueblo fantasma. Los muertos no se cuentan por cientos como en otras ciudades afectadas, pero nadie sabe cuándo llegará el día en que vuelvan a dormir bajo techo.
Eso sí, los bahienses no pierden su esencia. Nadie camina solo porque en este momento las familias se han unido más de lo habitual. Todos planean un futuro juntos. A nadie se le ha cruzado por la cabeza la idea de emigrar aunque sea a San Vicente, el pueblo que está apenas cruzando el puente y que ya tiene luz, agua y ha reactivado en algo su cotidianidad.
Los bahienses se recuperarán, una vez más, del terremoto. Ya lo hicieron en 1987 y no piensan en huir del lugar que aman. Las calles se han convertido en albergues temporales, mientras en cada esquina las retroexcavadoras han empezado a demoler las viviendas que quedaron sentidas.
Aquí no hay olor a muerto. Los lugareños estiman que 10 o 12 personas perdieron la vida el 16 de abril. Aquí hay olor a esperanza. Quieren volver a sus trabajos, pero nadie les ha dicho nada. Aquí hay esperanza aunque muchos se acuestan a dormir teniendo como abrigo el abrazo de sus hijos.
La fe está intacta. La cruz gigante que se ubica en el punto más alto del barrio María Auxiliadora casi no tiene rasguños a pesar de que toda la loma se movió de un lado al otro el sábado anterior.
Ha pasado exactamente una semana desde que un sismo les cambió la vida para siempre a los manabitas y en las paredes de Bahía se puede leer una leyenda que conmueve: «Fuerza Bahía, con huevos y amor te levantaremos». Nada más cierto. A Manabí lo levanta Manabí.